lunes, 5 de abril de 2010

Historia ...


Una cosa parece segura viene del primer llanto. Se engendro en los primeros gritos de angustia de gentes marginadas y perseguidas, que fueron trazando en su incesante peregrinar toda una geografía de dolor, de persecuciones, de alegrías rotas.
Del flamenco se conoce muy poco de sus raíces históricas y de su paulatina forja artística. Las primeras noticias fidedignas en torno a su aparición se remontan escasamente a dos siglos. Sin embargo, es lógico suponer que existió desde mucho antes, confusamente elaborado a través de un lento proceso de transplantes expresivos, el misterio surge cuando nos empeñamos en encontrar el tiempo concreto que el flamenco empieza a existir como tal manifestación expresiva, a pesar de los muchos intentos llevados a cabo por hallar una respuesta convincente, los primeros "andares" del flamenco siguen aun sin ser localizados.
Casi todas las opiniones están de acuerdo en señalar que el cante jondo es el resultante final de la unión de dos elementos, lo gitano y lo andaluz, dos culturas que se habían fundido en cada uno de ellos durante siglos de convivencia con otras civilizaciones.
De acuerdo con esto, el punto de partida del flamenco, en su forma básica, habría que situarlo en el s. XV con la llegada de los gitanos a Andalucía, donde hallaron un clima que facilito su asentamiento definitivo en estas tierras, al mismo tiempo que encontraban, en los grupos más desarraigados del pueblo andaluz, una hospitalidad que les había faltado desde sus antepasados. Victimas también de persecuciones y atropellos, como consecuencia de las drásticas leyes que se dictaban contra ellos, los gitanos se vieron obligados a llevar una vida azarosa y clandestina. Esta situación de desarraigo les impulsa al contacto con los sectores marginados del pueblo, moriscos y campesinos, que aceptaron a los gitanos.
En esta convivencia amasada en el dolor y en la miseria de todos los días, el gitano contempla la riqueza milenaria de las formas folklóricas andaluzas y su propio sufrimiento; de esta unión genial saldrá el flamenco como símbolo de una necesidad común de expresión, de una semejante concepción del hombre, de la vida.
Tras una primera y oscura etapa inicial de anonimato doméstico, su difusión publica comienza después de 1.783, fecha en Carlos III promulgó una ley liberando a los gitanos de las persecuciones que habían sido objeto desde su llegada a España. Los gitanos se repartieron libremente por las distintas poblaciones andaluzas y surgieron aquellas primarias resultantes flamencas que habían ido reelaborando secretamente.
A lo largo de los siglos XVI y XVII, después de la expulsión de los judíos y de la rendición del último reducto árabe, en Andalucía, se fueron creando unos imprecisos estamentos sociales formados por individuos de muy distinta procedencia y mentalidad: moriscos y judaizantes, gitanos y campesinos sin tierras, gentes huidas de las amenazas de la Inquisición o del destierro. Estos grupos fueron poco a poco intercambiando sus bagajes culturales y artísticos, a los que tampoco era ajena la tradición popular andaluza. Cómo hicieron en otros lugares, los gitanos, se apropiaron de esa amalgama de elementos ya "andaluzados" de la música oriental, adaptándolo a sus propias inclinaciones y necesidades expresivas. La lenta gestación del flamenco obedeció, a una serie de coincidencias entre tres decisivos aportes del orientalismo musical andaluz: los modos litúrgico bizantinos, las melodías árabes y los cantos sinagoga les hebreos. Tales elementos, refundido en el trisol medieval y canalizados por la deslumbrante intuición artística de la raza gitana, iban a servir de remota base musical y emocional del flamenco.
Más de doscientos años de misterio, hasta que en el s. XVIII enseña su grito a la luz publica la primera figura históricamente determinada del flamenco; Tío Luis el de la Juliana, un viejo jerezano, de oficio aguador, que era según nos cuenta Antonio Machado y Álvarez, cantaor muy general y que así se cantaba por polos y cañas, como entonaba unas seguidillas gitanas o una liviana y una toná de esas que no se encuentran hoy ya en el mundo quien las cante ni por un ojo de la cara.
Junto con este primer cantaor encontramos también a el Juanelo, el Planeta, el Fillo, Juan Encueros, Franco el Colorado, Luis el Cautivo, los Pelaos de Triana, la Perla, etc. Vivieron entre la última década del siglo XVIII y los primeros años del siglo XIX. Ellos fueron en teoría, los pioneros del flamenco. A veces se suele confundir esa tímida floración de cantes y bailes con otras distintas y paralelas propagaciones de la música popular andaluza. Este ciclo de desarrollo, incierto y minoritario, duro hasta mediados del s. XIX. A partir de entonces se extendió por el país la moda de los cafés cantantes, los cuales se convirtieron en el medio de difusión y comercialización idóneos del flamenco. El cante y baile empezaron a ser conocidos en muy diversos escenarios españoles y perdieron su secular condición de rito doméstico gitano. Fue este el mas fecundo y decisivo creador del flamenco. Sus mas puras herencias fueron enriquecidas por dos o tres sucesivas promociones de grandes artífices gitanos, y algunos ya no gitanos: Maria Borrico, Tomás el Nitri, Señor Manuel Cagancho, Enrique el Mellizo, la Andonda, Curro Dulce, el Loco Mateo, Señor Manuel Molina, Curro Frijones, Merced la Serneta, Paco la Luz, Viejo de la Isla, Diego el Marrurro, Joaquín de la Serna, Joaquín el de la Paula, Antonio Chacón, Manuel Torre, el Lebrijano, Juan Breva, Curra Pabla, Salvaoriyo y Silverio Franconetti, nacido en Sevilla hacia el año 1830, y uno de los cantaores antiguos mas famosos y más venerados en nuestro siglo; el verdadero rey le llamó Machado y Alvarez su grito fue terrible, un creador y glorietas/para el silencio dijo de él García Lorca.
Después de Franconetti, tres figuras geniales se levantarán en el s. XIX para enlazar con los grandes interpretes de nuestro siglo: Manuel Torre, Pastora Pavón "Niña de los Peines" y Tomás Pavón. El primero de ellos, cuyo nombre verdadero fue el de Manuel Soto Loreto, nacido en Jerez en 1878 y muerto en Sevilla en 1933, comparte con Silverio el trono de los primeros cantaores geniales; en su voz quiso ver Rafael Alberti un terrible pozo de angustias, la atmósfera de catástrofe sentimental, de herida ancha borboteando pena y odio inconcretos.
Los hermanos Pavón fueron otros dos casos de esa genialidad difícilmente repetida tras su desaparición, Tomás, uno de los más grandes interpretes de seguiriyas y soleá que se han conocido, y un incomprendido en la primera mitad de nuestro siglo, época dominada por la llamada opera flamenca. Pastora, "la Niña de los Peines", fue sin duda la cantaora más famosa de nuestro siglo. La voz de Pastora consiguió el milagro de acercar el cante autentico a un publico mayoritario, realmente lejano al difícil y oscuro mundo de lo jondo. Sombrío genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o Rafael el Gallo dijo de ella García Lorca.
Todos los cantaores citados hasta aquí fueron gitanos, excepto Silverio Franconetti. Todos ellos, verdaderos gritos desconsolados. Personajes extraños y llenos de pasión, que interpretaron diariamente su propia tragedia de hombres solos, en su mayoría, situados fuera de la ley y de la moral oficial. Verdaderos símbolos de la Andalucía del dolor y de la miseria; pero, también, símbolos de la altivez liberadora y de lo aristocrático en este sentido García Lorca dice el gitano es lo más elevado, lo más profundo, lo más aristocrático, la sangre y el alfabeto de la verdad andaluza y universal, inmensos interpretes del alma popular que destrozaron su propia alma entre las tempestades del sentimiento.
A partir de los últimos años del s. XIX, el flamenco fue entrando en una nociva etapa de adulteración. Surgieron entonces toda una serie de afluencias espurias del cante y del baile, canalizándolas a través de las exigencias escénicas. Desplazado de su histórica razón de ser, el flamenco terminó deformándose en el artificial trampolín del teatro. Solo unas pocas familias gitanas fueron de nuevo las encargadas de preservar el legado flamenco frente a las disoluciones ambientales. No hay que olvidar, en tales circunstancias, el inteligente esfuerzo promovido por Manuel de Falla con el "Concurso de Cante Jondo" en la ciudad de Granada en 1922, donde volvió a replantarse, en sus justos términos, la salvaguardia de un legendario arte popular abandonado a su propia y decadente suerte. De entonces acá, el flamenco a atravesado por muy variables coyunturas de autenticidad y falsificación, pero sus mas puros raigambres gitano-andaluza siempre permaneció inalterable, gracias a las personales aportaciones de algunos aislados y fieles interpretes.

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